Rodolfo de Montier Varela
DE MONSTRUOS EN LA ALCOBA
Era una noche de esas. De silbido de viento, de
tormenta… de crujir de truenos cual trompetas.
Sí, era una noche de esas.
El incandescente brillo de los relámpagos, se abría
paso a través de la ventana, dibujando sombras contra las paredes blancas del
cuarto; y que se extendían hacia el techo, formando figuras demoniacas que
hacían que cada parte de mi cuerpo se helara por completo.
Aquellas sombras, que me recordaban los cuentos de
terror de mi madre; me hacían cubrir mi cuerpo por completo con la cobija. En
aquel momento, era el sitio más seguro. Mi fortaleza. Aunque siempre con el
temor de que aquellas figuras demoniacas, me arrebataran la cobija o la
levantaran lentamente para descubrirme.
La lluvia seguía arremetiendo.
En ocasiones me hacía creer que pasaría de largo, que
el techo de la casa no sería suficiente para evitar que me mojara. Los
relámpagos intermitentes se seguían precipitando aclarando mi cuarto. Cuando se
oscurecía, yo aprovechaba para quitarme la cobija y otear al exterior de mi
castillo. Los monstruos habían desaparecido, las figuras contra la pared no
existían. Pero, justo cuando creía que estaba recuperando la calma… los
relámpagos de nuevo cubrían la oscuridad del cuarto y las sombras tomaban
fuerza. Las figuras demoniacas, al titilante resplandor del rayo, parecían que
se movían y que trataban de alcanzarme. Más rápido que la luz me cubría de nuevo
y, esta vez, hasta recitando oraciones que mi madre, sí, mi madre: la misma que
me asustaba con sus cuentos de terror, me había enseñado.
No sé por qué, pero mi cuerpo se congeló de tal forma,
que el vapor del frío que me quemaba por dentro salía por mi boca. Cuando la
oscuridad de nuevo lo envolvió todo, me levanté a prisa y colgué una colcha en
la ventana para evitar que los resplandores de los rayos entraran por la ventana
y me mostraran todos los monstruos que me rodeaban.
Al parecer tuve éxito en mi empresa; pues, aunque
escuchaba los truenos como trenes chocando, la alcoba no se iluminaba y no me
mostraba mis miedos. Sin embargo, al silencio de la alcoba lo arrullaba un halo
de misterio. Ya en mi mente, los monstruos se acercaban lentamente por todos
los flancos de mi cama: y entonces… el miedo que pensé se había alejado para
siempre, regresaba con más fuerza. Me recogí en mi regazo e hice un ovillo con
mi cuerpo. Traté de protegerme lo más que pude de mis miedos.
En aquel momento la noción del tiempo no fue muy clara
para mí: los minutos eran horas, las horas no tenían fin y aquella tormenta no
se apaciguaba.
No sabía que hacer.
En aquel momento recordé las palabras que algunas
veces me decía mi padre. Él siempre me decía que las cosas por muy malas que
sean había que enfrentarlas. Que no importaba lo que costara, había que hacer
lo correcto. Entonces me llene de valor y quite la colcha que arropaba la
ventana. El primer relámpago lo alumbró todo y allí estaban parados con sus
sombras reflejadas en la pared, esperando el momento preciso para caer encima
de mí, o para llevarme a sus mundos de tinieblas, como me había dicho mi madre.
Por más que quise ser valiente de nuevo me arropé. En aquel momento, creo que
las palabras de mi padre perdieron todo su significado; eran muchos monstruos y
no sabía cómo un niño como yo los enfrentaría. El resplandor había durado lo
suficiente como para verlos: Grandes colmillos, garras enormes: eran
exactamente como los había descrito mi madre en sus cuentos. Aunque estaba muy
asustado, no llame a mis padres, era como si una fuerza en mi garganta me
obligara a callar el terror que navegaba en mis venas.
Tomé mi decisión.
Como si estuviera poseído por el espíritu de Van
Helsing, me tiré de la cama y con fuerte voz los reté:
“¡De parte de Dios Todopoderoso! ¡Aléjense de mí!”.
No obtuve respuesta y, por el contrario, el silencio
era más pesado que cuando tenía mucho miedo. Un relámpago de nuevo iluminó la
alcoba, y como era de esperarse: los monstruos seguían allí. Así que decidí
pelear contra ellos, no sé como lo haría, pero tenia que derrotarlos, no podía
vivir con ellos todo el tiempo atemorizándome y haciéndome recular a cada
momento. Pero, tenía que verlos cara a cara. Si quería vencerlos, tenía que
atraparlos; así que, corrí hasta el interruptor y encendí la bombilla…No había
nadie. Los monstruos habían desaparecido, se habían acobardado ante mi enojo y
coraje.
Creo que fue el último trueno que escuché aquella
noche y con la luz prendida pude ver el último relámpago. Su resplandor dibujó
una sombra confusa contra la pared. Allí estaban mis monstruos: el perchero y
la lámpara; el abrigo que colgaba detrás de la puerta…
Creo que reí un poco al ver lo que causaba mis sustos.
De nuevo apagué la luz y me acosté con la satisfacción de haber acabado con mis
monstruos; aunque la vida nos puede traer muchos más. Solo debemos
enfrentarlos.
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