Escritor y poeta colombiano, trabajador de la construcción

martes, 13 de octubre de 2020

DE MONSTRUOS EN LA ALCOBA


 


Rodolfo de Montier Varela

DE MONSTRUOS EN LA ALCOBA

 

 

 

Era una noche de esas. De silbido de viento, de tormenta… de crujir de truenos cual trompetas.

Sí, era una noche de esas.

El incandescente brillo de los relámpagos, se abría paso a través de la ventana, dibujando sombras contra las paredes blancas del cuarto; y que se extendían hacia el techo, formando figuras demoniacas que hacían que cada parte de mi cuerpo se helara por completo.

Aquellas sombras, que me recordaban los cuentos de terror de mi madre; me hacían cubrir mi cuerpo por completo con la cobija. En aquel momento, era el sitio más seguro. Mi fortaleza. Aunque siempre con el temor de que aquellas figuras demoniacas, me arrebataran la cobija o la levantaran lentamente para descubrirme.

La lluvia seguía arremetiendo.

En ocasiones me hacía creer que pasaría de largo, que el techo de la casa no sería suficiente para evitar que me mojara. Los relámpagos intermitentes se seguían precipitando aclarando mi cuarto. Cuando se oscurecía, yo aprovechaba para quitarme la cobija y otear al exterior de mi castillo. Los monstruos habían desaparecido, las figuras contra la pared no existían. Pero, justo cuando creía que estaba recuperando la calma… los relámpagos de nuevo cubrían la oscuridad del cuarto y las sombras tomaban fuerza. Las figuras demoniacas, al titilante resplandor del rayo, parecían que se movían y que trataban de alcanzarme. Más rápido que la luz me cubría de nuevo y, esta vez, hasta recitando oraciones que mi madre, sí, mi madre: la misma que me asustaba con sus cuentos de terror, me había enseñado.

No sé por qué, pero mi cuerpo se congeló de tal forma, que el vapor del frío que me quemaba por dentro salía por mi boca. Cuando la oscuridad de nuevo lo envolvió todo, me levanté a prisa y colgué una colcha en la ventana para evitar que los resplandores de los rayos entraran por la ventana y me mostraran todos los monstruos que me rodeaban.

Al parecer tuve éxito en mi empresa; pues, aunque escuchaba los truenos como trenes chocando, la alcoba no se iluminaba y no me mostraba mis miedos. Sin embargo, al silencio de la alcoba lo arrullaba un halo de misterio. Ya en mi mente, los monstruos se acercaban lentamente por todos los flancos de mi cama: y entonces… el miedo que pensé se había alejado para siempre, regresaba con más fuerza. Me recogí en mi regazo e hice un ovillo con mi cuerpo. Traté de protegerme lo más que pude de mis miedos.

En aquel momento la noción del tiempo no fue muy clara para mí: los minutos eran horas, las horas no tenían fin y aquella tormenta no se apaciguaba.

No sabía que hacer.

En aquel momento recordé las palabras que algunas veces me decía mi padre. Él siempre me decía que las cosas por muy malas que sean había que enfrentarlas. Que no importaba lo que costara, había que hacer lo correcto. Entonces me llene de valor y quite la colcha que arropaba la ventana. El primer relámpago lo alumbró todo y allí estaban parados con sus sombras reflejadas en la pared, esperando el momento preciso para caer encima de mí, o para llevarme a sus mundos de tinieblas, como me había dicho mi madre. Por más que quise ser valiente de nuevo me arropé. En aquel momento, creo que las palabras de mi padre perdieron todo su significado; eran muchos monstruos y no sabía cómo un niño como yo los enfrentaría. El resplandor había durado lo suficiente como para verlos: Grandes colmillos, garras enormes: eran exactamente como los había descrito mi madre en sus cuentos. Aunque estaba muy asustado, no llame a mis padres, era como si una fuerza en mi garganta me obligara a callar el terror que navegaba en mis venas.

Tomé mi decisión.

Como si estuviera poseído por el espíritu de Van Helsing, me tiré de la cama y con fuerte voz los reté:

“¡De parte de Dios Todopoderoso! ¡Aléjense de mí!”.

No obtuve respuesta y, por el contrario, el silencio era más pesado que cuando tenía mucho miedo. Un relámpago de nuevo iluminó la alcoba, y como era de esperarse: los monstruos seguían allí. Así que decidí pelear contra ellos, no sé como lo haría, pero tenia que derrotarlos, no podía vivir con ellos todo el tiempo atemorizándome y haciéndome recular a cada momento. Pero, tenía que verlos cara a cara. Si quería vencerlos, tenía que atraparlos; así que, corrí hasta el interruptor y encendí la bombilla…No había nadie. Los monstruos habían desaparecido, se habían acobardado ante mi enojo y coraje.

Creo que fue el último trueno que escuché aquella noche y con la luz prendida pude ver el último relámpago. Su resplandor dibujó una sombra confusa contra la pared. Allí estaban mis monstruos: el perchero y la lámpara; el abrigo que colgaba detrás de la puerta…

Creo que reí un poco al ver lo que causaba mis sustos. De nuevo apagué la luz y me acosté con la satisfacción de haber acabado con mis monstruos; aunque la vida nos puede traer muchos más. Solo debemos enfrentarlos.

 

                                      

 

 

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